El poder de los reyes absolutos
En el siglo XVIII, la forma de gobierno más extendida era la monarquía absoluta. El rey concentraba los tres poderes: hacer las leyes, ejecutarlas y juzgar a quienes no las cumplían. Su autoridad solo dependía de Dios, según la teoría del derecho divino.
Aunque existían parlamentos desde el siglo XI, su poder había ido disminuyendo. Estas asambleas representaban a los tres estamentos, pero votaban por grupos, no por personas, así que siempre ganaban los privilegiados.
La industria estaba controlada por los gremios, organizaciones que regulaban cada oficio de forma muy estricta. Esto limitaba la innovación y la competencia, igual que pasaba en el campo con el sistema señorial.
Piénsalo así: Era como tener las reglas del juego escritas desde el nacimiento, sin posibilidad de cambiarlas por mucho que te esforzaras.
En cuanto a la economía, dominaba el mercantilismo: el Estado controlaba el comercio para acumular oro y plata. Pero a mediados de siglo, nuevas ideas como el liberalismo económico de Adam Smith comenzaron a cuestionar este sistema.