Felipe II y la Hegemonía Española
Felipe II consolidó los territorios heredados de Carlos I y consiguió la máxima extensión del imperio en 1580 con la anexión de Portugal y sus colonias, creando "el imperio donde nunca se ponía el sol".
Su política exterior se basó en defender el catolicismo y mantener la hegemonía europea. Derrotó a Francia en San Quintín, formó la Santa Liga con el Papa y Venecia para derrotar a los turcos en Lepanto (1571), y frenó el avance otomano por Europa.
Las tensiones con Inglaterra crecieron con Isabel I, que ayudaba a los rebeldes flamencos. Felipe II organizó la Armada Invencible para invadir Inglaterra, pero fracasó. En Flandes envió al Duque de Alba para sofocar la rebelión calvinista, pero no pudo evitar la independencia de Holanda.
El Conde-Duque de Olivares y las Rebeliones
Felipe IV dejó el poder en manos de su valido, el Conde-Duque de Olivares, quien pretendió centralizar el poder con la Unión de Armas: todos los reinos debían aportar hombres y dinero para el imperio sin excepciones.
La situación explotó con la guerra contra Francia. Cataluña se rebeló en 1640 tras el Corpus de Sangre, donde asesinaron al virrey, y buscó apoyo francés. La rebelión duró doce años hasta que Barcelona se rindió en 1652.
El mismo año, Portugal se rebeló proclamando rey al Duque de Braganza. Esta vez Felipe IV no pudo recuperarla y la independencia portuguesa se consolidó. Las rebeliones de 1640 hicieron fracasar la política de Olivares, quien se retiró del gobierno.
Lección histórica: El intento de centralización excesiva provocó rebeliones que debilitaron gravemente el imperio español.