La Guerra de Independencia y el gobierno de José I
La crisis del Antiguo Régimen en España comenzó a manifestarse claramente cuando Carlos IV llegó al trono en 1788. En ese momento, España seguía siendo una sociedad dominada por señores feudales donde persistían instituciones como la Mesta, la Inquisición o los privilegios estamentales, todas ellas criticadas por los ilustrados.
El modelo del absolutismo ilustrado, aunque intentaba promover reformas, no consiguió resolver los problemas estructurales de España como el déficit de la Hacienda o el estancamiento económico. La situación se complicó con la influencia de la Revolución Francesa, que intensificó las contradicciones de una sociedad ya en crisis.
La intervención napoleónica alcanzó su punto culminante en 1808, desencadenando un conflicto de múltiples dimensiones: una guerra patriótica contra los ejércitos de Napoleón, una guerra civil (ya que parte del país apoyaba a José I), y una guerra internacional entre las potencias británica y francesa que convertirían España en su principal campo de batalla.
¡Toma nota! La Guerra de Independencia no fue solo un conflicto contra Francia, sino también una guerra civil entre españoles con diferentes visiones políticas.
Tras las abdicaciones de Bayona, José Bonaparte fue nombrado rey de España y publicó el Estatuto de Bayona, una especie de constitución que, aunque otorgaba muchos poderes al rey, también incluía elementos liberales innovadores. Sin embargo, nunca llegó a aplicarse plenamente debido a la resistencia popular y al estallido de la guerra.
Los afrancesados, principalmente funcionarios y reformistas ilustrados, apoyaron a José I por pragmatismo o por su deseo de reformar España, mientras que en los territorios no ocupados se formaron Juntas Provinciales que asumieron la soberanía en nombre del rey ausente, Fernando VII, y que acabarían constituyendo la Junta Central Suprema.











