El Poder Político y las Relaciones Internacionales
El corazón del Antiguo Régimen era la monarquía absoluta con derecho divino. Los reyes no solo tenían poder total, sino que creían (y hacían creer) que su autoridad venía directamente de Dios. Esto significaba que el monarca gobernaba el reino, dirigía la política exterior y dictaba las leyes sin rendir cuentas a nadie.
Para ejercer su autoridad, los monarcas se apoyaban en una red de funcionarios, consejos, ministros y secretarios que se encargaban de administrar el reino, recaudar impuestos y hacer cumplir las órdenes reales. Sin embargo, incluso estos reyes todopoderosos tenían que respetar los privilegios tradicionales de la nobleza y del clero.
No todo el mundo aceptaba este sistema sin más. En Inglaterra y Holanda, a finales del siglo XVII, se produjeron revoluciones que limitaron el poder de los monarcas y dieron más control al Parlamento. Durante el siglo XVIII, el crecimiento demográfico lento, las revueltas populares y las nuevas ideas ilustradas obligaron a muchos monarcas a introducir reformas.
El siglo XVIII comenzó con un conflicto internacional masivo: la Guerra de Sucesión a la Corona española (1700-1713). El Tratado de Utrecht que puso fin a esta guerra cambió completamente el mapa de poder europeo, consolidando a Gran Bretaña como la gran potencia marítima y comercial, mientras que Francia, Austria y Rusia también emergían como grandes potencias.
Curiosidad histórica: El "equilibrio europeo" del siglo XVIII fue como un juego de alianzas constantes donde los países hacían pactos y acuerdos para evitar que alguno se volviera demasiado poderoso.